Metodología

 

Capítulo I

Metodología: ciencia ficción aplicada

(versión con órbita elevada)

 

La materia Metodología apareció temprano en el doctorado, como aparecen las advertencias en los manuales de vuelo: demasiado tarde para cancelar el despegue y demasiado vagas para evitar el accidente.

La aprobé. Lo aclaro de entrada porque ese dato suele tranquilizar a los lectores institucionales. La aprobé sin comprenderla del todo, lo cual no solo no fue un impedimento, sino que pareció ser la condición necesaria para seguir adelante. La metodología no se entiende: se atraviesa. Es una experiencia liminal, como un pasillo con luz blanca donde uno aprende que el conocimiento científico no se adquiere, se simula con convicción.

Las clases tenían algo de transmisión interestelar fallida. Las palabras llegaban, pero no siempre con sentido. Variables, hipótesis, marcos teóricos, delimitaciones precisas. Todo debía ser claro, medible y demostrable, excepto qué se esperaba exactamente de mí. Nadie parecía incómodo con esa contradicción; al contrario, la manejaban con naturalidad, como si la confusión fuera una etapa formativa.

Tomaba apuntes con disciplina. Subrayaba términos que no usaba en mi vida cotidiana ni usaría jamás fuera de ese contexto. “Operacionalización”, por ejemplo, era una palabra que parecía prometer orden pero producía un leve mareo cada vez que la leía. Entendí que no estaba ahí para entender, sino para demostrar que podía convivir con la falta de sentido sin abandonar el aula.

Había un consenso tácito: preguntar demasiado era peligroso. No porque estuviera prohibido, sino porque podía generar respuestas largas, circulares y todavía más abstractas. Aprendí a asentir en el momento justo, a fruncir levemente el ceño cuando correspondía y a anotar fórmulas metodológicas que funcionaban como mantras: delimitación, coherencia interna, consistencia.

Cuando presenté el proyecto de metodología de la tesis, sentí que estaba participando de un experimento sociológico. Respondí con seguridad sobre conceptos que no hubiera podido explicar en una conversación humana normal. Usé frases que, dichas en voz alta, sonaban razonables, aunque mi cerebro las percibía como mensajes codificados.

Aprobé.

Salí de Metodología con una certeza inquietante: había superado una instancia fundamental sin haber adquirido una comprensión proporcional al esfuerzo invertido. Pero también con una habilidad nueva y decisiva: podía avanzar incluso cuando no entendía del todo el terreno que pisaba. Era, sin saberlo, la competencia central del doctorado.

Ese día entendí algo más profundo: el doctorado no iba a ser una línea recta hacia el conocimiento, sino una órbita inestable alrededor de conceptos que nunca terminaban de aterrizar. Y yo, que había llegado con entusiasmo y una idea clara sobre basura espacial, empezaba a entrenarme para flotar con elegancia en el vacío.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Crónicas de un doctorado que nunca aterrizó a tiempo

capitulo II Elegir Tutor