capitulo II Elegir Tutor
Capítulo II
Elegir tutor: encontrar
un centro de gravedad estable
(o cómo no perder la
cordura en las primeras vueltas)
Elegir tutor fue,
retrospectivamente, la decisión más inteligente de todo el proceso. Y no porque
yo tuviera información privilegiada, sino porque, por una vez, el azar se
alineó con la lucidez.
Pregunté a una especialista muy
reconocida en derecho espacial. De esas personas que hablan poco y piensan
mucho. Me escuchó describir mi interés por la basura espacial, los satélites,
la responsabilidad internacional. Asintió. No me corrigió, no me entusiasmó
artificialmente, no me desalentó. Simplemente me derivó.
Así llegué a mi tutor.
Era —y sigue siendo— una persona
tranquila, de esas cuya calma no es pasividad sino estructura. Experto en
derecho internacional, con una voz que nunca se apuraba y una manera de
escuchar que descomprimía el aire. En un sistema donde todo parecía urgencia
mal gestionada, él funcionaba como un centro de gravedad estable.
Las reuniones por Zoom con él eran
breves, claras y profundamente humanas. Yo llegaba con ansiedad, con listas
mentales de todo lo que podía salir mal, con la sensación de estar siempre
atrasada respecto de un cronograma invisible. Él escuchaba. Luego decía cosas
simples. Encadrar el tema. No dispersarse. Avanzar de a poco. Escribir.
Nunca prometió que sería fácil.
Nunca dramatizó los obstáculos. Nunca confundió acompañar con dirigir. Y, sin
saberlo, me dio algo mucho más valioso que instrucciones académicas: me
devolvió una y otra vez la sensación de que no estaba desubicada en ese universo.
Mientras el doctorado se preparaba
para ponerme a prueba, él se convertía en la única constante razonable del
sistema.
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