Crónicas de un doctorado que nunca aterrizó a tiempo

 Bitácora Orbital nace de un doctorado que no aterrizó cuando debía.

De una tesis que decidió quedarse en órbita más tiempo del previsto.
Estas crónicas no cuentan un fracaso.
Cuentan una transformación.

PROLOGO

Donde una persona razonable decide hacer un doctorado y el universo toma nota
 

Soy una persona inteligente y determinante. Esto no lo digo yo por soberbia, lo digo porque si no lo fuera, jamás habría tomado la decisión de hacer un doctorado. La inteligencia, como se verá más adelante, no fue una ventaja sino una condición previa para cometer el error con plena conciencia.

Descubrí el derecho espacial casi por accidente, durante un posgrado en derecho aeronáutico, aeroportuario y espacial. Ya ahí hay una advertencia semántica: cuando un título académico necesita tres adjetivos para justificarse, es porque algo no anda bien. Pero yo estaba fascinada. El espacio. Los satélites. La basura espacial flotando sin culpa ni jurisdicción clara. Pensé: de esto quiero escribir. Pensé también, con una ingenuidad que hoy me conmueve: qué tema tan específico, alguien debe saber exactamente cómo se investiga esto.

Así llegué al curso de doctorado de una facultad accesible. Accesible en el sentido económico. Emocionalmente, aún no lo sabía. El plan era sencillo y tranquilizador: dos años de cursada, tres más para escribir la tesis. Cinco años. Un suspiro académico. En retrospectiva, cinco años en el mundo del doctorado equivalen a lo que en física teórica sería un instante infinitesimal que no altera el estado del sistema.

Todo empezó bien, que es como empiezan las tragedias respetables. Busqué tutor y consulté a una especialista muy renombrada en derecho espacial. De esas personas que parecen haber nacido sabiendo. Ella, con amabilidad olímpica, me derivó a mi tutor: excelente persona, tranquilo, muchísimo conocimiento en derecho internacional. Un hombre sereno. Demasiado sereno. En ese momento no lo sabía, pero esa calma iba a ser una constante que contrastaría violentamente con mi sistema nervioso durante los años siguientes.

Cuando me notificaron la composición del jurado, respiré hondo. Tres hombres. Pensé, con una lucidez precoz: uy, ¿y la cuota femenina obligatoria? Pero no insistí. Una aprende rápido que en el doctorado ciertas preguntas no se formulan en voz alta.

Analicé el panorama como quien evalúa un mapa antes de una expedición fallida. Uno de ellos era amigo de una amiga. Pensé: "Con ese, todo bien". El segundo había sido profesor mío en el posgrado, siempre sonriente un bromista. Pensé: "Genial, con ese también todo bien". El tercero no lo conocía en absoluto, lo cual en ese momento no me pareció alarmante. Todavía no había aprendido que lo desconocido, en el ámbito académico, rara vez juega a favor.

Acepté el jurado. No había causa fundamentada para recusar a nadie y, además, yo todavía creía en el sistema. Error conceptual número uno.

Próximamente capitulo I. 


Comentarios

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

Metodología

capitulo II Elegir Tutor