capitulo III El jurado de órbita baja
Capítulo III
El jurado de órbita
baja
(tratado preliminar sobre cómo
aceptar una constelación sin entender su gravedad)
La notificación del jurado llegó un
martes cualquiera, de esos en los que una todavía cree que las cosas
importantes vienen acompañadas de explicaciones. El correo no traía
explicaciones. Traía nombres. Tres. En una lista limpia, aséptica, como si no
se tratara de personas sino de cuerpos celestes ya ubicados en una órbita
predefinida.
Leí una
vez. Después otra.
Tres hombres.
Me quedé mirando la pantalla unos
segundos más de lo necesario, como si la cuota femenina pudiera aparecer por
acumulación visual, como esos objetos débiles que solo se detectan cuando uno
insiste. No apareció.
No me indigné. No suspiré. No
escribí a nadie. Tomé nota mental. En el doctorado, aprendí temprano, la
sorpresa no tiene función práctica.
Empecé entonces el ejercicio que se
vuelve reflejo: evaluar riesgos.
El primero era amigo de una amiga.
No un amigo cercano, no alguien con quien compartiría una mesa, sino ese tipo
de vínculo académico-social que funciona como una órbita compartida durante un
tramo breve del recorrido. Pensé: con este, todo bien. No porque
esperara favores, sino porque el conocimiento mutuo suele amortiguar los
golpes.
El segundo había sido profesor mío
en el posgrado. Lo recordaba con claridad. Siempre sonriente. Siempre con
comentarios que parecían bromas, pero que dejaban un leve sabor metálico. No
agresivo. No frontal. Más bien irónico, como un satélite que nunca colisiona
pero tampoco se compromete a estabilizar nada. Me había ido bien en su materia.
Pensé: con este también.
El tercero era un nombre sin
rostro. No lo conocía, no lo había leído, no lo había escuchado mencionar en
pasillos. Era materia oscura académica: invisible, pero presente. Sabía que
estaba ahí porque su nombre figuraba en el sistema, y en el doctorado eso es
suficiente para atribuirle poder gravitacional.
Hice un balance rápido. Dos
conocidos. Uno desconocido. Ninguna causa formal para recusar. Ninguna razón
administrativa para desconfiar. Y, sin embargo, una incomodidad leve, casi
elegante, como una interferencia mínima en la señal.
Acepté.
En ese momento todavía creía que
aceptar un jurado era un trámite. Todavía pensaba que el sistema funcionaba
como decía funcionar. Todavía creía que las órbitas se respetaban.
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