Capitulo IV Cartografía de los cuerpos evaluadores
Capítulo IV
Cartografía de los
cuerpos evaluadores
(astronomía aplicada a la soberbia,
la ironía y el silencio)
Con el tiempo, los miembros del
jurado dejaron de ser nombres y se transformaron en presencias. No presencias
físicas —porque casi nunca estaban— sino conceptuales. Empezaron a influir en
mis pensamientos incluso antes de intervenir.
El primero, el jurista soberbio,
era una estrella vieja y masiva. No necesitaba imponerse: su trayectoria
hablaba por él. Todo en su entorno parecía doblarse levemente para acomodarse a
su mirada. Las discusiones, los criterios, incluso los silencios, adquirían
sentido solo en relación con su posición.
No levantaba la voz. No hacía
gestos grandilocuentes. Su soberbia no era teatral; era estructural. Estaba tan
convencido de su centralidad que no necesitaba demostrarla. Y eso, supe
después, era lo más peligroso.
El segundo, el satélite sarcástico,
orbitaba distinto. Más rápido. Más liviano. Comentaba. Sonreía. Intervenía con
frases que parecían observaciones al pasar, pero que siempre dejaban una
estela. Nunca quedaba claro si estaba evaluando, sugiriendo o simplemente
disfrutando del movimiento.
Era el tipo de satélite que nunca
cae, pero tampoco aterriza. Siempre en tránsito. Siempre a salvo.
El tercero seguía siendo una
incógnita. Su silencio era absoluto. Y como todo silencio en el doctorado, se
volvía ensordecedor. No sabía si su ausencia era estratégica, casual o
simplemente desinteresada. Pero intuía que, llegado el momento, su masa se haría
sentir.
Yo observaba ese sistema como se
observa un cielo desconocido: con atención, con respeto, con la esperanza de
que las leyes físicas fueran estables.
Seguía
escribiendo.
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