Capitulo VIII La estrella fija
Capítulo VIII
La estrella fija
Si hubo algo que no cambió en todo
el doctorado —y esto es estadísticamente extraordinario— fue mi tutor.
Mientras el director alteraba las
leyes físicas según el día, mientras el jurado colapsaba en bloques compactos
de opinión y la tesis entraba y salía de órbitas imposibles, él permanecía ahí.
No resolviendo. No prometiendo. Sosteniendo.
Cada vez que el sistema me
expulsaba hacia el vacío, yo volvía a hablar con él. Y cada vez, su reacción
era la misma: calma. Una calma casi irritante, de estrella antigua que ya vio
explotar imperios académicos enteros y no se impresiona fácilmente.
—Esto se
puede hacer —decía.
—No es el fin —decía.
—Seguimos.
No levantaba la voz. No
dramatizaba. No se indignaba en mi nombre, aunque razones no le faltaban. Su
manera de alentar no era épica; era orbital. Me devolvía al eje cuando yo ya
estaba girando sin control.
Cuando el director dijo que el
anexo era la solución, él lo trabajó conmigo como si fuera una maniobra
perfectamente válida. Cuando el mismo director negó después haber autorizado
nada, mi tutor no entró en combustión. Simplemente recalculó.
—Integramos —dijo—. No es lo ideal,
pero es posible.
Yo estaba cansada. Frustrada. En
caída libre emocional. Sentía que estaba desmontando una nave que ya había
volado correctamente solo para cumplir con un protocolo que nadie sabía
explicar. Él, en cambio, miraba el conjunto con distancia astronómica.
—El trabajo es bueno —me repetía—.
No lo estás haciendo mal. El sistema es así.
Esa frase, dicha sin énfasis, fue
probablemente lo más parecido a una verdad científica comprobable que escuché
durante todo el doctorado.
Mientras yo veía meses perdidos, él
veía trayectorias más largas. Mientras yo sentía que agregaba un capítulo
inútil, él lo consideraba un módulo extra que no alteraba la misión principal.
Mientras yo me preguntaba si todo tenía sentido, él me recordaba —con
paciencia— que el sentido no siempre coincide con el procedimiento.
Nunca me soltó la mano académica.
Nunca desapareció. Nunca dejó de responder. En un ecosistema donde la autoridad
suele manifestarse por ausencia, él fue presencia constante. Silenciosa.
Estable.
Si el doctorado fue un espacio
hostil, mi tutor fue la única referencia fija. El punto por el cual podía
orientarme cuando todo lo demás giraba sin lógica. No me sacó del laberinto,
pero me evitó perderme del todo.
Y eso, en retrospectiva, fue lo que
hizo posible que llegara viva a la siguiente fase.
La defensa.
Pero esa…
esa merece su propio sistema estelar.
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