Capitulo X Conjunción, eclipse y deriva

 

Capítulo X

Conjunción, eclipse y deriva

Entré a la facultad convencida de que estaba por recibir coordenadas. No soluciones —eso sería mucho pedir—, pero al menos un mapa estelar. Algo que me indicara dónde estaba parada dentro de ese sistema solar académico que llevaba años intentando habitar.

El edificio me recibió con su geometría imposible. Tres plantas. Pasillos que parecían girar sobre sí mismos. Y el agujero central, ese vacío vertical que permitía ver todos los pisos sin garantizar el acceso a ninguno. Subí. Bajé. Volví a subir. Cada desplazamiento era una maniobra orbital fallida. Yo avanzaba, pero no me acercaba.

Cuando finalmente me senté frente al director del posgrado, todavía conservaba impulso. Él empezó a leer el dictamen como quien transmite datos desde una estación espacial: tono neutro, distancia técnica, ninguna alteración en la gravedad emocional.

Al principio pensé: bien. Las palabras fluían. Todo sonaba razonable. Los tres jurados hablaban como una sola estrella, alineados en una conjunción perfecta. No había contradicciones. No había fisuras. Ese consenso, que debería tranquilizar, empezó a inquietarme. Tres miradas superpuestas no iluminan más: oscurecen. El dictamen era un cuerpo denso, compacto, imposible de atravesar. No había puntos de entrada. Solo masa.

A medida que avanzaba la lectura, empecé a notar algo más inquietante: la tesis que describían no era exactamente la mía. Hablaban de una hipótesis apenas insinuada, de conclusiones que no cerraban, de propuestas desconectadas. Yo escuchaba y buscaba reconocimiento, como un satélite buscando su señal en la estación de control.

Nada.

Era como si hubieran observado otro objeto. Uno lanzado con mis datos, pero por otra persona. Un satélite equivocado, captado por un telescopio mal calibrado, donde lo que no entraba en el campo visual simplemente no existía.

Entonces llegaron las frases que reclamaban precisión. Más detalle. Más ajuste. Como si mi tesis hubiera transmitido en una frecuencia inaceptable. No porque el mensaje fuera débil, sino porque era demasiado complejo para una antena que solo admite señales limpias, lineales, sin ruido histórico ni interferencia comparada. Yo había enviado un espectro completo; ellos escuchaban una sola banda.

El dictamen avanzaba y mi mente empezaba a perder orientación. Cada observación abría un pasillo nuevo. No había continuidad. No había flechas. Era un laberinto cognitivo, un sistema de túneles donde todas las salidas parecían conducir a la misma pared: no quedó suficientemente demostrado.

Cuando llegaron a las propuestas finales, sentí el golpe silencioso del eclipse. Todo lo que yo había pensado como una constelación coherente fue declarado errante. Estrellas interesantes, sí, pero fuera del dibujo aceptado. El mapa celeste estaba cerrado. No había espacio para nuevas figuras. Yo había unido puntos que, para ellos, no debían tocarse.

Y entonces, sin previo aviso, llegó la conclusión.

La tesis no podía ser objeto de defensa oral.

No porque estuviera mal. No porque fuera incorrecta. Sino porque no podía aterrizar. Había orbitado. Había cumplido su recorrido. Pero no existía pista habilitada para el reingreso. El sistema solar institucional no estaba preparado para recibirla de vuelta.

En ese momento, el director levantó la vista y preguntó, como quien consulta un dato técnico menor:

—¿Usted tiene algún problema con alguno de los jurados?

La pregunta quedó flotando. Yo la observé girar lentamente en mi cabeza, buscando su trayectoria lógica.

—Eh… no —respondí—. No que yo supiera.

Y era verdad. No había conflictos previos. No había choques de satélites. No había guerras estelares. El problema no era personal. Era gravitacional.

Salí de la facultad en deriva. La esperanza que me había acompañado al entrar perdió sustentación y cayó, sin ruido, al suelo. Comprendí, con una claridad tardía, que no estaba ante un error del sistema. Estaba ante su funcionamiento normal.

El doctorado no era un camino.
Era un espacio.
Y yo acababa de convertirme en otro objeto más, flotando sin instrucciones, perfectamente visible y absolutamente imposible de ubicar.

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