Capitulo XII Correcciones, reentradas y cambio de leyes físicas

 

Capítulo XII

Correcciones, reentradas y cambio de leyes físicas

Volví a mi casa con la tesis bajo el brazo como quien recupera un satélite dañado pero aún operativo. No estaba destruido. No estaba muerto. Solo necesitaba ajustes. O eso creí.

Hablé con mi tutor. Como siempre, fue una estrella fiable. Analizamos el dictamen con paciencia astronómica, desmenuzando cada observación como si fueran fragmentos de meteorito recuperables. Él propuso una estrategia razonable: hacer un anexo. Un módulo adicional. Un acople técnico que permitiera incorporar lo pedido sin desarmar toda la nave.

El director del posgrado confirmó esa solución.
—Hágalo en un anexo —dijo.
Y yo, ingenua, anoté mentalmente: las leyes físicas son estables.

Trabajé durante dos meses exactos. Dos meses de correcciones quirúrgicas, de escritura precisa, de integración cuidadosa. El anexo creció como una estación espacial perfectamente ensamblada. Lo presenté en término. Con alivio. Con esperanza renovada. El satélite volvía a emitir señal.

Un mes después, el universo cambió de reglas.

—No, no se puede hacer en un anexo.

Así. Sin preámbulos. Sin referencia al origen de la instrucción anterior. Como si nadie hubiera autorizado nada. Como si el anexo hubiera aparecido solo, por generación espontánea.

—¿Quién le dijo que se podía hacer así?

La pregunta cayó como un rayo cósmico. Yo miré mentalmente hacia atrás, buscando el punto exacto donde la realidad se había bifurcado.

—El director —respondí.

Silencio.

La devolución fue clara: todo debía integrarse al cuerpo de la tesis. No acoplar. No anexar. Desarmar y reconstruir. Además, había que agregar un capítulo nuevo. Uno que yo no quería escribir. Uno que no pedía el tema. Uno que no mejoraba la nave, pero que ahora era obligatorio para que el sistema la reconociera como propia.

Pedí audiencia con el jurado. Pensé que hablar ayudaría. Que alinear trayectorias era posible. Uno de ellos aceptó. Otro también. El tercero —una estrella vieja, de brillo opaco, que orbitaba demasiado cerca de su propio ego— no quiso.

Sin unanimidad, no hubo audiencia.

El sistema había hablado: no se negocia con cuerpos que no responden señales.

Así que hice lo único que podía hacer. Integré todo. Reescribí. Ajusté. Agregué el capítulo indeseado, como quien incorpora lastre para cumplir con un protocolo absurdo. Fueron meses perdidos. Meses de reingeniería innecesaria. Meses de desgaste orbital.

Finalmente, volví a entregar la tesis.

Pasó otro año.

Un año completo. Otra traslación terrestre. Otro silencio profundo. Hasta que un día, como si nada, recibí el mensaje:

La tesis puede ser defendida.

Leí la frase varias veces. Esperé la aclaración. No llegó. Era eso. Seca. Final. Como una señal breve enviada desde una sonda lejana.

Elegí una fecha.

La postergaron.

Elegí otra.

Me dijeron que no podía ser por la mañana, que mejor por la tarde.

Luego que no por la tarde, que mejor otro día.

Cada cambio era un pequeño ajuste de órbita. Yo me movía. Me adaptaba. Recalculaba. Ya no preguntaba por qué. Había aprendido que en este sistema solar las razones no son información pública.

Hasta que finalmente, después de tantos intentos, llegó la confirmación.

La defensa estaba programada.

Pero esa…
esa es otra historia.
Otro capítulo.
Otro campo gravitacional

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