Capitulo XIII El encuentro
Capítulo XIII
El encuentro
El sistema decidió manifestarse en
una exposición.
No en una
audiencia.
No por escrito.
No a través de un canal oficial.
En una exposición.
Mi tutor fue, como va la gente
razonable, a escuchar, a mirar, a compartir espacio académico sin imaginar que
el universo tenía preparado un ajuste de cuentas. Entre paneles, luces blancas
y conversaciones flotantes, apareció uno de los jurados. No como colega. Como
emisario.
No hubo saludo previo
significativo. No hubo contexto. Solo una pregunta que no era una pregunta.
—¿Quién
autorizó hacer un anexo?
Así no se hace.
La frase cayó con la contundencia
de un asteroide fuera de órbita. No venía acompañada de explicación, ni de
referencia normativa, ni de marco temporal. Era una verdad revelada a destiempo.
Mi tutor intentó responder. No para
defenderse —eso no era su estilo— sino para comprender el nuevo estado del
universo. Pero no hubo diálogo. El jurado ya había dictado sentencia en un
espacio que no figuraba en ningún reglamento.
La exposición siguió. Las personas
hablaron de temas relevantes. Se proyectaron ideas. Se compartieron cafés. El
sistema, mientras tanto, acababa de modificar retroactivamente sus propias
leyes.
Horas más tarde, sonó mi teléfono.
Era mi tutor.
Su voz ya no tenía la estabilidad
habitual. No era alarma. Era desconcierto. Como si por primera vez una estrella
fija hubiera registrado una perturbación en su núcleo.
—Me
encontré con uno de los jurados —me dijo—.
Pausa.
—Está muy molesto.
Yo escuchaba en silencio. Sabía que
lo que venía no iba a tener sentido, pero igual me preparé.
—Dijo que quién había autorizado el
anexo. Que así no se hace.
El anexo. Ese objeto académico que
había sido autorizado, trabajado, presentado, evaluado y luego declarado
imposible en diferido.
—Yo… —agregó— no sabía qué decirte.
Quería que lo supieras.
Sentí una mezcla precisa de
emociones: incredulidad, cansancio y una lucidez brutal. No estaba frente a un
error. Estaba frente a un sistema que se comunica por encuentros fortuitos,
donde las normas se transmiten oralmente, fuera de expediente, como secretos
que uno debía haber sabido sin que nadie los dijera.
Mi tutor estaba acongojado. No por
él. Por mí. Porque por primera vez había visto de cerca la arbitrariedad en
estado puro y no tenía cómo amortiguarla.
—No hiciste nada mal —me dijo—.
Esto no es razonable.
Esa frase, pronunciada en voz baja,
fue la confirmación final: el doctorado había cruzado definitivamente la
frontera de lo racional.
A partir de ese momento, entendí
que ya no estaba escribiendo una tesis.
Estaba participando de un cuento kafkiano con bibliografía.
Y aun así…
seguimos.
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