Capitulo XIX Aterrizaje forzoso ( con toga)

 

Capítulo XIX

Aterrizaje forzoso (con toga)

Llegué a la defensa puntualmente, lo cual, en retrospectiva, fue mi último gesto de ingenuidad. Le había pedido a una amiga que estuviera presente, como quien lleva testigo a un lanzamiento espacial por si algo explota. Era el 18 de marzo de 2025, a la tarde. El cumpleaños de mi hijo. Yo, celebrando la vida… defendiendo una tesis.

Me dieron la toga obligatoria. La toga siempre llega a tiempo. La toga nunca duda. La toga es la única institución que funciona.

Me vestí. Me senté. Esperé.

Esperamos.

El tiempo pasó con la densidad de un agujero negro administrativo. La sala estaba lista. Yo estaba lista. Mi tesis estaba lista. El jurado, no.

Apareció el director del posgrado y, con voz grave de centro de control, anunció:

—Uno de los jurados tuvo un imprevisto. Falleció un familiar.

Silencio cósmico. Nadie sabía qué hacer con esa información. No se suspendió nada. No se reprogramó nada. Simplemente se aceptó que la tragedia también orbita dentro del calendario académico.

Finalmente, con una hora de retraso, llegaron. Tres cuerpos celestes entrando a la sala como si nada. Yo ya había pasado por todas las fases: ansiedad, resignación, iluminación zen y hambre.

Me senté. Empecé la exposición.

Duró exactamente 43 minutos. Tenía 45. Una maniobra perfecta. Controlada. Sin desvíos. Mientras hablaba, pensé: esto está funcionando. Error número final.

Empezaron las preguntas.

El primer jurado lanzó una pregunta amable. De órbita baja. La respondí sin problemas.

El segundo, otra pregunta clara. Directa. Respondí. Seguía flotando.

Y entonces habló el tercero.

Habló…
y habló…
y habló…

Yo lo escuchaba con atención científica. Atenta. Concentrada. Buscando la pregunta como quien busca una estrella en un cielo nublado. Nada. Seguía hablando. Referencias. Opiniones. Comentarios. Digresiones. Pasó por varios sistemas solares conceptuales sin aterrizar en ninguno.

Finalmente, dijo:

—Bueno, ¿qué opina?

Yo parpadeé.

—Eh… ¿me puede repetir la pregunta?

Y volvió a hablar. Esta vez sobre ese capítulo. El que no quería agregar. El que agregué porque me lo pidieron. El capítulo que era básicamente un asteroide incorporado a la fuerza. Habló de eso. Habló de que yo había ido a ver a un profesor en Alemania que me aclaró conceptos. Como si consultar a alguien que sabe fuera una irregularidad orbital.

Terminó y volvió a decir:

—Bueno, ¿qué opina?

Yo ya no estaba en órbita. Estaba en caída libre.

—Disculpe —dije—, no entiendo cuál es la pregunta.

Silencio.

Entonces ocurrió lo impensado.

—Bueno —dijo—, como no pudo contestar mi pregunta, la contesto yo.

En ese instante, mi cerebro se separó de mi cuerpo y quedó flotando sobre la sala, observando la escena desde arriba. No lo puedo creer, pensé. El jurado formuló una no-pregunta, yo no la respondí, y ahora él se respondía a sí mismo. Autoconsulta académica cerrada.

Más tarde —porque el universo siempre puede dar una vuelta más— ese mismo jurado insistió en que me bajaran la nota por no haber contestado su pregunta invisible.

Una pregunta que nunca existió.
Respondida por él mismo.
En voz alta.

Finalmente, aprobé.

No con gloria. No con justicia poética. Con aprobación. Seca. Administrativa. Suficiente.

Hoy tengo el título.

Flota conmigo como un satélite que sobrevivió a impactos, reentradas, cambios de gravedad y preguntas fantasma. Funciona. Emite señal. Existe.

Eso sí:
otro capítulo aparte merece mi peripecia intentando publicarla, que todavía está en curso, porque aparentemente el espacio académico es infinito y siempre hay nuevos sistemas solares dispuestos a ponerte a prueba.

Pero esa…
esa es otra misión.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Crónicas de un doctorado que nunca aterrizó a tiempo

Metodología

capitulo II Elegir Tutor