Capitulo XV Cambio de guardia en órbita

 

Capítulo XV

Cambio de guardia en órbita

Lo supe después. Siempre se sabe después.

Entre el momento en que me autorizaron a hacer el anexo
y el momento en que lo presenté,
había cambiado el director del posgrado.

No hubo anuncio.
No hubo acta.
No hubo nota aclaratoria.
No hubo transmisión oficial de mando.

El sistema simplemente giró.

Un día había un centro gravitacional.
Al día siguiente, otro.
Las órbitas, sin embargo, seguían siendo las mismas. O eso creímos.

El director anterior había autorizado el anexo como quien autoriza una maniobra técnica legítima. No dejó constancia escrita. No dejó instrucciones. No dejó huellas. Desapareció del sistema como un satélite viejo que deja de emitir señal sin previo aviso.

El nuevo director heredó el cargo, pero no el contexto.
Recibió los expedientes como se reciben restos espaciales: fragmentados, incompletos, flotando sin manual de ensamblaje.

Así nació el malentendido.

Yo trabajé dos meses enteros convencida de que estaba cumpliendo con una ley física válida. El anexo creció, se ordenó, se presentó en término. Todo dentro del marco que ya no existía.

Cuando llegó la devolución diciendo que “así no se hace”, no era una corrección técnica. Era una colisión entre universos normativos. El nuevo director hablaba desde otro sistema solar, con reglas distintas, sin memoria de la autorización previa.

Nadie mintió.
Nadie explicó.
Nadie asumió la transición.

El error no fue mío.
Fue haber confiado en la continuidad del espacio-tiempo académico.

Mi tutor lo entendió antes que yo. Por eso el encuentro en la exposición lo dejó tan golpeado. Él había operado bajo una lógica coherente, solo para descubrir que el sistema había cambiado de coordenadas sin avisar a las naves en vuelo.

—Ahí estuvo el problema —me dijo después—. Cambió el director. No dejaron aclaraciones.

Lo dijo con una mezcla de resignación y tristeza científica. Como quien constata que las leyes de Newton ya no aplican, pero nadie avisó a los cuerpos que estaban en movimiento.

En ese instante todo cobró sentido.
No alivio.
Sentido.

El anexo no había sido un error académico.
Había sido una maniobra válida en un universo que dejó de existir.

Y eso fue lo más perturbador de todo: comprender que el doctorado no fracasa por decisiones equivocadas, sino por transiciones no documentadas, por cambios de autoridad que alteran la gravedad sin actualizar los mapas.

Desde ese momento, dejé de preguntarme qué había hecho mal.
Empecé a preguntarme en qué sistema estaba operando cada vez.

Porque en este doctorado, como en los cuentos de Kafka,
la culpa nunca desaparece,
pero la causa siempre cambia de oficina.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Crónicas de un doctorado que nunca aterrizó a tiempo

Metodología

capitulo II Elegir Tutor