Epílogo otra versión
Epílogo otra versión
Materia, gravedad y
gente decente
Hoy tengo el título. Está ahí.
Existe. No depende de interpretaciones, de reuniones, ni de cambios de humor
institucionales. No orbita: pesa. Es un objeto administrativo real, con
firma, fecha y un silencio posterior que, esta vez, no es amenazante.
La tesis también existe. Está
imprimiéndose. En papel. Con tinta. En este planeta. Después de años flotando
como un satélite condenado a la deriva, finalmente volvió a la materia. Se
puede tocar. Se puede apoyar sobre una mesa sin que nadie pregunte si quedó
suficientemente demostrado.
Cuando miro el recorrido completo,
entiendo que nada fue excepcional. Fue, simplemente, el funcionamiento normal
del sistema académico cuando se lo observa sin anestesia. El doctorado no fue
un camino, fue una prueba de resistencia a la entropía. No midió tanto
conocimientos como capacidad de seguir adelante cuando las reglas cambian sin
aviso.
Aprendí
que los jurados no siempre preguntan.
Que los directores se reemplazan sin dejar coordenadas.
Que las normas pueden aparecer después de los hechos.
Que la razón y el procedimiento rara vez orbitan en el mismo sistema solar.
Pero
también aprendí algo fundamental.
Que existen personas decentes.
Un tutor que sostuvo, calmó y
alentó incluso cuando el universo académico parecía desarmarse.
Una amiga presente el día de la defensa, anclándome a la Tierra cuando todo
parecía flotar.
Y, cuando ya no esperaba nada más, un buen samaritano.
Apareció sin fanfarria. Sin
reglamentos. Sin pedir explicaciones infinitas. Trajo lo único que hacía falta
en ese momento: un contacto. No prometió milagros. No garantizó
resultados. Simplemente abrió una puerta que el sistema había cerrado una y
otra vez.
Gracias a ese gesto mínimo
—profundamente humano— la tesis encontró imprenta. No por mercado, no por
conveniencia, sino porque alguien decidió ayudar. Y eso, en este relato, fue lo
más extraordinario de todo.
Hoy me río. No porque haya sido
gracioso, sino porque la risa es la única forma digna de narrar el absurdo sin
quedarse atrapada en él. El doctorado no me convirtió en heroína ni en víctima.
Me convirtió en narradora, que es una forma elegante de sobrevivir.
Si alguien
me pregunta si volvería a hacerlo, no respondo.
Sonrío.
Miro el cielo académico.
Y agradezco haber encontrado, entre tanto vacío,
algunas estrellas verdaderas.
Comentarios
Publicar un comentario